Una historia real (o casi)
San Antonio, 2005. Faltaban dos horas para que empezara el sexto partido de las Finales del Oeste y el vestuario de los Spurs estaba vacío, silencioso y perfectamente ordenado. En realidad, no del todo vacío. Bruce Bowen estaba allí, como siempre, mucho antes que el resto. Entraba a la misma hora, calentaba con la misma secuencia de 27 estiramientos y colocaba sus zapatillas alineadas con el borde inferior de la taquilla a exactamente dos centímetros del borde.
No era un gesto estético ni un simple ritual deportivo. Era un mecanismo de supervivencia.
Cuando era niño, Bowen tenía noches en las que sentía que algo malo iba a ocurrir si no revisaba tres veces que la puerta estaba cerrada. De adolescente, repetía ciertas acciones sin poder evitarlo: encender y apagar un interruptor, ordenar sus cuadernos “hasta que sintiera que estaba bien”.
Nadie hablaba de salud mental en aquel entonces. Era “un chico meticuloso”, decían.
En la NBA no querían meticulosos, querían fieras, egos gigantes y asesinos competitivos. Pero Bowen no era un asesino. Era un guardián.
La mente de Bowen era tan férrea como a veces frágil, necesitaba orden para sostenerse. Y, paradójicamente, aquel orden le convirtió en uno de los mejores defensores de su generación.
Su TOC no desapareció cuando llegó a la élite, simplemente aprendió a vivir con él. A controlarlo lo suficiente como para que no lo destruyera. A canalizarlo para amplificar, no para hundirse.
Aquel día, mientras Duncan, Parker y Ginóbili aún no habían llegado al pabellón, Bowen terminaba su secuencia de respiraciones profundas. Sabía que esa noche debía defender al máximo anotador rival. Sabía también que su mente podía volverse contra él si algo en su ritual se interrumpía.
Popovich, desde la puerta, lo observaba sin intervenir. Con el tiempo había entendido las sombras y luces de ese hombre silencioso que sostenía al equipo sin pedir nada. Bowen no jugaba solo contra el otro equipo. Jugaba contra su propio cerebro.
Horas después, cuando el partido terminó y los Spurs lograron la victoria, los focos apuntaron a los puntos, a las asistencias, al talento. Pero en los rincones del vestuario, donde nadie mira, Bowen respiraba hondo, recuperando el equilibrio que siempre está a punto de perder. Sabía que mañana tocaría volver a pelear. No contra un rival. Contra su trastorno. Y aun así, sonreía. Porque vivir con TOC no le impidió llegar a la cima. Le obligó a hacerlo de otra manera.
Introducción
El deporte de élite es un escenario donde se suelen celebrar los cuerpos más fuertes, más rápidos, más resistentes, pero pocas veces se habla de la mente que sostiene a esos cuerpos y aún menos, de las mentes que luchan contra sí mismas.
El Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) es uno de los enemigos invisibles más duros que un deportista puede enfrentar. Son un conjunto de pensamientos intrusivos, repetitivos y angustiantes que obligan a realizar acciones de manera compulsiva para aliviar temporalmente esa tensión.
Se estima que entre un 1% y un 2% de la población mundial padece TOC, y la proporción en deportistas de alto rendimiento es similar. Sin embargo, pocos lo cuentan. El miedo al estigma, la presión del rendimiento y el falso mito de que la mente del campeón debe ser invulnerable hacen que muchos opten por el silencio.
En este contexto, la historia de Bruce Bowen se vuelve profundamente significativa.
Bowen nunca fue una estrella ofensiva. No anotaba 30 puntos, no aparecía en los titulares. No era el héroe que inspira camisetas. Era, simplemente, el jugador más incómodo para cualquier atacante rival. Su defensa era temible. Su disciplina, casi inhumana. Y su historia demuestra que la fortaleza mental no siempre consiste en no tener grietas, sino en aprender a vivir con ellas.
Para entender la trayectoria de Bowen, hay que comprender primero qué es un TOC desde la neurociencia, qué ocurre en el cerebro cuando una persona siente la necesidad de repetir un gesto o un pensamiento, por qué los rituales se convierten en cadenas y cómo es posible, aun así, desarrollar una carrera en uno de los entornos más exigentes del planeta.
El baloncesto nos permite ver el trastorno bajo lupa. La rutina, la repetición, la presión constante y la necesidad de control son ingredientes que, para alguien con TOC, pueden convertirse en gasolina o en fuego. Bowen eligió convertirlos en gasolina. Y en ese camino, su historia se conecta con la de miles de profesionales en empresas, oficinas o proyectos que viven atrapados en la obsesión por el control, en la exigencia extrema, en el miedo a cometer errores.
El TOC no se limita a deportistas. Se infiltra en la vida cotidiana de directivos brillantes que repasan diez veces un correo, en creativos que reinician una idea hasta desgastarse, en líderes que viven presos de la perfección. Por eso, estudiar este fenómeno desde el deporte ofrece una ventana privilegiada para comprenderlo en la empresa y en la vida.
Bowen no venció al TOC erradicándolo. Lo venció conviviendo con él. Aprendiendo a no dejar que gobernara su carrera.
Este artículo explora historia de Bruce Bowen para revelar cómo se forma un TOC, cómo afecta al comportamiento y cómo, incluso en medio del desorden mental, es posible construir un camino hacia el éxito. Un éxito distinto. Un éxito humano.
Qué es un TOC
Para comprender la historia de Bruce Bowen y de cualquier persona que convive con un TOC, es necesario entender que este trastorno no es un “problema de personalidad”, ni un rasgo de carácter, ni una simple tendencia al perfeccionismo. El Trastorno Obsesivo-Compulsivo tiene una base neurobiológica sólida, demostrada por décadas de investigación en neurociencia clínica, psicología y psiquiatría.
El TOC se caracteriza por la interacción entre obsesiones y compulsiones.
Las obsesiones son pensamientos intrusivos, repetitivos, no deseados y generadores de ansiedad. Las compulsiones son conductas (o rituales mentales) repetitivas que la persona siente que debe realizar para disminuir esa ansiedad. El alivio llega, pero es temporal y entonces el ciclo vuelve a empezar.
Lo que distingue al TOC de un comportamiento rígido normal, como los rituales de preparación que cualquier deportista puede tener, es que el impulso no nace de una decisión consciente, sino de una especie de alarma interna que se activa sin permiso, sin lógica y sin posibilidad de “simplemente ignorarla”.
Desde la neurociencia sabemos que el TOC está asociado a un funcionamiento anómalo del llamado circuito córtico-estriado-tálamo-cortical (CSTC). Esta red de regiones cerebrales, que incluye estructuras como el córtex orbitofrontal, el cíngulo anterior y el estriado, regula la evaluación del peligro, la toma de decisiones, la inhibición conductual y la detección de errores.
En el TOC, esta red entra en un modo de hiperactividad, como si el cerebro estuviera usando un radar demasiado sensible para detectar amenazas que no existen. Lo que en una persona sin TOC sería una preocupación menor (“¿cerré la puerta?”) en alguien con TOC se convierte en una certeza emocional (“si no reviso, algo terrible pasará”), aunque racionalmente sepa que no es verdad. Esto crea una paradoja constante. La razón dice una cosa, mientras la emoción, la contraria.
Además, se ha demostrado que la sustancia blanca que conecta estas regiones presenta alteraciones. El estudio de Pujol et al. (2012), mediante neuroimagen, mostró una conectividad atípica en el fascículo frontoestriatal en personas con TOC. Es como si las autopistas cerebrales que gestionan la inhibición del impulso estuvieran congestionadas, ralentizando la capacidad de detener un pensamiento repetitivo.
A nivel neuroquímico, el TOC está fuertemente relacionado con un desequilibrio en los niveles de serotonina, aunque investigaciones recientes han revelado un papel también relevante de la dopamina y del glutamato. La serotonina, por su efecto modulador en la ansiedad y en el control de impulsos, explica por qué los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) siguen siendo uno de los tratamientos de referencia para el TOC clínico severo.
Pero donde realmente se manifiesta el TOC es en el comportamiento diario. No sólo en pensamientos obsesivos, sino en un conjunto de conductas aparentemente desconectadas entre sí, pero que tienen una función emocional clara, la de evitar el malestar interno.
Las compulsiones pueden ser visibles (como ordenar objetos, repetir secuencias físicas o comprobar algo continuamente) o internas (rezos repetitivos, conteo mental o frases para “neutralizar” pensamientos intrusivos). Este punto es relevante para entender a Bowen. Su ritualización no era sólo física, sino mental. Y las compulsiones mentales suelen ser invisibles, incluso para quienes conviven con la persona afectada.
En la vida diaria, el TOC también se asocia con tres fenómenos cognitivos típicos:
- Hiperresponsabilidad: la creencia exagerada de que uno es responsable de evitar daños, incluso cuando no tiene sentido.
- Fusión pensamiento–acción: la sensación de que pensar en algo aumenta la probabilidad de que ocurra.
- Intolerancia a la incertidumbre: la incapacidad para descansar mentalmente si algo no está “completamente asegurado”.
Estos elementos encajan perfectamente en el comportamiento de un deportista de élite con TOC. En un entorno donde cualquier mínimo error parece amplificado, donde la incertidumbre es constante y donde siempre hay un rival esperando la mínima debilidad, el TOC puede convertirse en un enemigo implacable. Para Bowen, la necesidad de control y la sensación de estar siempre a un paso del caos interior se intensificaban en un deporte construido alrededor de la reacción, la improvisación y el movimiento continuo.
Desde la ciencia, también sabemos que el TOC no desaparece espontáneamente, pero sí es modulable.
La neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para reorganizarse, permite que los rituales, las compulsiones y los pensamientos intrusivos disminuyan con terapia cognitivo-conductual (particularmente la exposición y prevención de respuesta), medicamentos y un estilo de vida estructurado.

Lo que hizo Bowen, sin necesariamente haber sido tratado formalmente durante toda su carrera, fue desarrollar mecanismos de autorregulación que, sin eliminar el trastorno, lo mantuvieron bajo control. Esto es fundamental.
El éxito de las personas con TOC no depende de erradicar el trastorno, sino de gestionar su intensidad, sus contextos y sus detonantes.
El TOC puede ser debilitante, pero también puede, en ciertos casos, canalizarse hacia una extraordinaria capacidad de enfoque, disciplina extrema y atención al detalle. Esto no significa que sea “útil”, pues el TOC nunca es una ventaja, sino que las habilidades asociadas a la lucha contra él pueden convertirse en fortalezas cuando la persona aprende a convivir con el trastorno sin que éste gobierne su vida.
La historia de Bowen es, precisamente, la historia de esa convivencia en tensión.
Orden, compulsión y excelencia defensiva
Bruce Bowen no nació en una familia destinada al éxito. Tampa, Florida, en los años setenta y ochenta no era el mejor lugar para crecer siendo un chico negro y silencioso que ya intuía que su mente no funcionaba igual que las demás.
Su infancia estuvo marcada por la inestabilidad emocional y por la sensación constante de no tener control sobre su entorno, algo que se convertiría en un detonante clave para el desarrollo de comportamientos compulsivos.
Bowen encontró en el baloncesto un refugio o, más exactamente, una estructura. La cancha era el único lugar donde las reglas eran claras, donde sabía lo que debía hacer y donde su mente podía calmarse mediante la repetición de acciones físicas. Desde joven no era el jugador con mejor talento ofensivo, pero sí el más disciplinado. El primero en llegar y el último en irse. El que repetía un ejercicio veinte veces más que los demás.
En la universidad, sus rituales empezaron a intensificarse.
Sus compañeros hablaban de él como alguien “obsesionado con los detalles”, pero pocos entendían que esa obsesión no era una elección. Antes de cada entrenamiento, Bowen realizaba siempre la misma secuencia de estiramientos. Debía revisar sus zapatillas en posiciones exactas. Y si algo no se sentía “correcto”, empezaba de nuevo. Esto provocaba a veces retrasos, tensiones y frustraciones internas.
En los equipos profesionales europeos, como en Francia o en Turquía, donde jugó antes de llegar a la NBA, Bowen tampoco encajaba como estrella, pero destacaba por su constancia en el trabajo y por su fiabilidad defensiva. Era el jugador que el entrenador enviaba para frenar al mejor rival. Y eso, para su mente obsesiva, tenía una lógica perfecta, una misión concreta, una responsabilidad clara, un patrón de comportamiento al que aferrarse.
Su llegada a la NBA fue tardía y casi improbable. No había sido drafteado. No tenía un perfil mediático. No era un anotador. Y sin embargo, cuando los Spurs lo ficharon, Popovich vio algo que casi nadie había visto, vio un defensor con una capacidad extraordinaria para concentrarse durante largos periodos de tiempo. Una mente obsesiva, bien dirigida, puede convertirse en un arma devastadora para la defensa y Bowen la utilizó plenamente.
Su estilo defensivo era el reflejo de su propio sistema interno, de rigidez, de disciplina, de repetición. Llevaba al rival a su zona de incomodidad. Forzaba patrones de movimiento. Estudiaba sus gestos hasta anticiparlos. Era como si, mediante la obsesión, pudiera estar un segundo por delante del atacante.
Fue en ese contexto cuando nació su apodo más famoso “The Rash”. Los jugadores rivales empezaron a llamarlo así porque, igual que una erupción en la piel, Bowen se pegaba a su atacante de forma constante, irritante y casi imposible de eliminar. Su defensa asfixiante no era solo una cuestión de técnica, era la expresión deportiva de su mente obsesiva, un estilo construido sobre la vigilancia permanente, la proximidad extrema y la repetición disciplinada. Los grandes anotadores de la época, como Kobe Bryant, Ray Allen o Vince Carter, sabían que enfrentarse a Bowen significaba convivir durante 48 minutos con una incomodidad continua. Ese apodo, lejos de ser un insulto, se convirtió en un símbolo de su identidad, la de un defensor que se adhería al rival sin descanso, que lo desgastaba física y mentalmente, y que transformaba su compulsión por el control en una herramienta competitiva de élite.

El TOC tenía dos caras en su juego. Por un lado, le proporcionaba una precisión casi quirúrgica. No se dejaba llevar por la improvisación. Todo estaba planificado, el ángulo del cuerpo, la forma de mover los pies, la distancia exacta a la que debía colocarse. Por otro lado, le generaba ansiedad interna. Si fallaba un ritual previo al partido, se sentía vulnerable. Si algo se salía de su rutina, su nivel de activación se disparaba.
En las Finales de 2003, 2005 y 2007, Bowen fue decisivo defendiendo a estrellas como Kobe Bryant, Steve Nash e incluso LeBron James. No era un jugador querido por todos, su estilo agresivo levantaba críticas, pero sí era respetado. Nadie podía negar que su concentración era inquebrantable. Esa capacidad para entrar en un “túnel defensivo” muchas veces se interpretaba como dureza. Pero la historia real es más compleja. Bowen necesitaba ese túnel. Su mente lo exigía para mantener a raya la sensación perpetua de desorden interior.
En un entorno hiperdinámico como la NBA, donde la improvisación es constante, que un jugador con TOC haya podido rendir a ese nivel es un logro extraordinario. El baloncesto, por definición, rompe rutinas. Hay cambios de ritmo, de jugadas, de marcadores, de roles. Para alguien con compulsiones internas, cada improvisación puede representar un estrés descomunal. Aun así, Bowen se mantuvo durante más de una década en el equipo más estructurado, disciplinado y coherente de la NBA.
Los Spurs de Popovich eran el lugar perfecto para él, con disciplina, normas claras, roles definidos y un enfoque casi militar en la preparación. Ese ecosistema proporcionaba a Bowen la estructura externa que su mente necesitaba. Cuando el entorno es estable, el TOC pierde fuerza. Cuando hay caos, el TOC lo amplifica. Popovich sabía esto, aunque no necesariamente con términos clínicos, y construyó un contexto que ayudó a Bowen a prosperar.
Solo sus compañeros más cercanos sabían que, en los momentos de mayor presión, Bowen necesitaba aislarse, repetir algunos micro-rituales y recuperar su equilibrio interno antes de volver a interactuar. Esa imagen de él sentado solo, en silencio, antes de cada partido de playoffs, no era frialdad. Era supervivencia.
Su carrera fue una demostración de que el éxito no pertenece únicamente a quienes tienen mentes “perfectamente” reguladas. A veces pertenece a quienes han aprendido a caminar con sus tormentas internas, sin permitir que las definan. Bowen nunca fue la estrella más brillante del baloncesto, pero sí una de las más disciplinadas. Y en su lucha diaria con el TOC se escondía, paradójicamente, su mayor fortaleza.
Convivir con el TOC
Las personas con TOC no desean repetir acciones compulsivas. No encuentran placer en ellas. No son manías simpáticas. Son jaulas. Y, sin embargo, muchas de ellas desarrollan estrategias que les permiten coexistir con el trastorno sin quedar atrapados en él. Bowen encontró la suya en un equilibrio peculiar, con una combinación de rutina, disciplina estricta y aceptación.
Lo primero que hay que entender es que los rituales deportivos y las compulsiones del TOC no son la misma cosa, aunque a veces se parezcan. Muchos deportistas tienen rutinas. Nadal alinea sus botellas. Djoković respira de una manera específica antes de sacar. Jordan siempre vestía sus shorts de North Carolina debajo del uniforme de los Bulls.
Pero la diferencia está en la función emocional.
El deportista ritualiza para focalizarse. La persona con TOC ritualiza para neutralizar ansiedad.
Para Bowen, la ritualización tenía ambas funciones. Era un puente entre su mente obsesiva y el mundo del rendimiento. Al repetir ciertos patrones, como la hora exacta de llegada al pabellón, la secuencia de estiramientos o la alineación de las zapatillas, disminuía la sensación interna de caos. Pero también preparaba a su cuerpo para la batalla.
La neurociencia ha demostrado que los rituales repetidos generan una activación predecible en el sistema límbico, reduciendo la actividad de la amígdala, el centro de alarma del cerebro. Es decir, los rituales sirven para apagar el ruido interno. Por eso son tan poderosos incluso cuando son irracionales. La repetición da forma a la ansiedad.
Bowen comprendió instintivamente lo que hoy sabemos científicamente, que el cerebro necesita patrones para sentirse seguro.
Pero vivir con TOC implica también un desafío emocional profundo, el de aceptar que hay pensamientos que no se pueden controlar. La terapia cognitivo-conductual moderna trabaja precisamente con esto, no eliminar los pensamientos intrusivos, lo cual es imposible, sino aprender a no obedecerlos automáticamente.
En el caso de Bowen, su carrera en la NBA coincidió con el auge de las investigaciones sobre exposición y prevención de respuesta (EPR), una técnica que ayuda al paciente a sentarse con la ansiedad sin realizar la compulsión. Aunque no hay evidencia pública de que Bowen haya seguido formalmente este método, su carrera indica que desarrolló una forma intuitiva de EPR. La cancha lo obligaba a romper compulsiones innecesarias y a tolerar la incertidumbre.
Cada vez que debía improvisar ante un movimiento del rival, estaba enfrentándose a esa intolerancia al desorden que caracteriza al TOC. Cada vez que no podía repetir un ritual porque el partido lo exigía, estaba fortaleciendo su resiliencia emocional.
A esto se le llama neuroplasticidad conductual, es decir a los cambios en el cerebro derivados de la conducta repetida en situaciones de estrés controlado.
Su mente aprendió que podía fallar un ritual y aun así rendir. Ese aprendizaje, en personas con TOC, es monumental.
En paralelo, desarrolló habilidades cognitivas propias de alguien que convive con obsesiones tales como la atención al detalle, la sensibilidad extrema a patrones o la capacidad para detectar microseñales motrices del rival. Su defensa legendaria era, en parte, un ejemplo de cómo la mente obsesiva puede, bajo control, convertirse en una herramienta extraordinariamente precisa.
Pero nada de esto significa que el trastorno desapareciera. La convivencia con el TOC es como vivir con un mar inquieto, algunos días parece tranquilo y otros, sus olas golpean con fuerza. Bowen aprendió a prever esos momentos, a gestionar la fatiga mental y a mantener una rutina que amortiguara los picos de ansiedad.
A nivel emocional, el mayor reto para personas con TOC suele ser el autojuicio. El sentimiento de ser “raro”, “defectuoso” o “débil”. Bowen aprendió a resignificar su historia. Popovich y los Spurs jugaron un papel fundamental en esto. El entrenador nunca trató sus rutinas como un problema. Las aceptó como parte de la identidad del jugador. Normalizar el trastorno es uno de los factores que más protege la salud mental.

Su silencio público sobre el TOC no era vergüenza, sino protección. Cuando un trastorno forma parte de tu identidad funcional de rendimiento, no siempre se desea exponerlo. Muchos deportistas de élite viven con esta dualidad. El trastorno que condiciona su vida es también el que ha moldeado algunas de sus fortalezas.
La convivencia con el TOC de Bowen puede ser resumida en tres principios fundamentales. Por un lado, la adaptación estructurada para construir rutinas que redujeran el ruido interno sin permitir que lo dominaran. Luego la aceptación funcional, es decir no luchar contra los pensamientos intrusivos, sino integrarlos como parte del paisaje mental. Y por último la canalización productiva de transformar la obsesión en disciplina, la exigencia en precisión y la sensibilidad en anticipación defensiva.
Estos tres elementos son valiosos no sólo en el deporte. También en la empresa. Muchos profesionales viven atrapados en patrones obsesivos, como el perfeccionismo extremo, las revisiones interminables y las dificultades para delegar, sin identificar que son manifestaciones de ansiedad compulsiva. Aprender a convivir con esa energía, sin reprimirla ni dejar que domine la conducta, es uno de los aprendizajes más importantes del liderazgo moderno.
Bowen demostró que no es necesario ser “un superdotado mentalmente” para triunfar. Es necesario conocerse. Saber de dónde vienen tus luces y tus sombras. Y encontrar la manera de avanzar sin negarte a ti mismo.
Conclusión
El TOC es un trastorno lleno de sombras. Exige energía mental, erosiona la tranquilidad, impone rituales que parecen absurdos para quienes no los viven. Y, sin embargo, existen personas que han logrado alcanzar la élite conviviendo con él, encontrando un equilibrio imperfecto pero funcional. Bruce Bowen es un ejemplo de ello, pero no está solo.
Otros deportistas, desde diferentes disciplinas, han mostrado que el éxito no está reservado para quienes tienen una mente perfectamente ordenada, sino para quienes aprenden a trabajar con su propia complejidad.
Rafael Nadal, por ejemplo, nunca ha sido diagnosticado clínicamente con TOC, pero sus rituales, como alinear las botellas, repetir secuencias, ajustar su indumentaria, han sido estudiados por la psicología deportiva como mecanismos compulsivos de regulación emocional. Nadal ha dicho en muchas ocasiones que esos gestos no los hace por superstición, sino porque su mente “lo necesita” para mantener el foco. No son caprichos, son anclas cognitivas que le permiten rendir bajo una presión que destruiría a la mayoría. Su éxito monumental no es a pesar de esos rituales, sino en parte gracias a haber entendido cómo funcionan en él.
David Beckham es otro caso aún más claro. Él sí ha hablado abiertamente de su TOC, de su necesidad extrema de orden, de simetría, de control. En entrevistas y documentales reconoce que tiene compulsiones que no puede evitar y que le causan mucha ansiedad. Y a pesar de ello, levantó Champions, lideró a Inglaterra, construyó una marca global y, tras retirarse del deporte, creó un imperio empresarial. Su TOC, lejos de destruirle, le obligó a construir una vida con estructura. Su éxito es inseparable de ese proceso.
Las historias de Bowen, Nadal y Beckham nos recuerdan que el éxito no es una línea recta. que la salud mental no distingue entre deportistas, ejecutivos o estudiantes, que un trastorno no te define y que se puede llegar a la cima llevando mochilas invisibles, siempre que no se pretenda hacerlo solo.
En el mundo empresarial, esta reflexión es crucial. Muchas personas viven con patrones obsesivos sin darse cuenta. Revisan cien veces una presentación, se paralizan ante imperfecciones mínimas y repiten procesos innecesarios para calmar una ansiedad que no saben nombrar. Y esa misma energía, si se canaliza bien, puede convertirse en disciplina, rigor, atención al detalle y capacidad de concentración. El secreto está en aprender a dirigirla, no en negarla.
Bowen nunca pidió ser el foco. Nunca tuvo el talento más ofensivo ni fue la cara de ninguna franquicia. Pero su mente obsesiva y su disciplina casi monástica le permitieron convertirse en una de las piezas más valiosas del baloncesto moderno. Su historia demuestra que el trastorno no es la tumba del rendimiento y que puede ser, cuando se comprende, una fuente inesperada de fortaleza.
Porque vencer al TOC no siempre es derrotarlo, a veces es vivir un día más con él, sin que te arrastre. A veces es encontrar rituales que protegen en lugar de hundir. A veces es pedir ayuda. Y a veces es, sencillamente, comprender que nuestra mente no tiene que ser perfecta para ser poderosa.
El éxito no pertenece a quienes no tienen miedo, sino a quienes avanzan con él. Bowen lo hizo. Y Nadal. Y Beckham, también. La lección es clara, no se trata de eliminar el trastorno. Se trata de recordar que, incluso con él, podemos construir grandeza.
Referencias
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- Stein, D. J., Fineberg, N. A., & Chamberlain, S. R. (2021). Obsessive-compulsive and related disorders. Oxford University Press.
Nota del autor
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