26/10/2026
El edificio en el que estamos puede ayudarnos a pensar mejor
Introducción
Son las once de la mañana y una reunión se alarga más de lo previsto. La sala está llena, el aire parece cargado y, detrás de una mampara, varias personas conversan. Todos conocen el asunto que deben resolver, pero resulta difícil seguir las intervenciones, recordar los argumentos y alcanzar una decisión. Al salir, alguien comenta que necesita despejarse. Ahora, imaginemos la misma reunión en un espacio silencioso, bien ventilado, con una temperatura agradable y luz suficiente.
¿Cambiaría la calidad de las decisiones?
La experiencia cotidiana invita a responder que sí, sin embargo, la ciencia exige distinguir entre sentirse mejor, rendir mejor y pensar mejor en situaciones reales. Y esto conecta con tres ámbitos rara analizados en su conjunto, como son el diseño arquitectónico, la ingeniería de edificios y las ciencias del comportamiento.
Sabemos que el cerebro no trabaja aislado de su entorno. La iluminación, el ruido, el ambiente térmico y la calidad del aire pueden modificar nuestra comodidad, nuestra atención e incluso determinadas respuestas fisiológicas. Pero no todos los estudios encuentran los mismos efectos, ni una mejora puntual equivale a un aumento de inteligencia.
No sólo es aplicable a oficinas. También las aulas, las bibliotecas, los hospitales y hasta las viviendas condicionan las actividades que requieren de nuestra concentración, descanso o aprendizaje. Además, con veranos más cálidos y edificios cada vez más automatizados, decidir cómo ventilamos, iluminamos y climatizamos los espacios es también una cuestión de sostenibilidad, equidad y salud pública. No basta con que el edificio funcione, también importa cómo se vive dentro de él.
En este artículo hablaremos de estos conceptos. Una revisión de 66 estudios publicada en 2021 mostró asociaciones entre calidad ambiental interior y funciones cognitivas, junto con contradicciones importantes (Wang et al., 2021). Otra revisión de 2026 identificó respuestas cerebrales y fisiológicas a distintas condiciones interiores, aunque destacó que todavía sabemos poco sobre sus consecuencias a largo plazo (Rad et al., 2026). Por eso lo que debemos plantearnos no es si un edificio puede volvernos más inteligentes, sino si podemos diseñarlo para que pensar nos resulte menos difícil y nos ayude a tomar mejores decisiones.
Cómo afecta el edificio a nuestro cerebro
Atender, recordar, comprender un texto o resolver un problema son funciones distintas. Por eso, hablar de «productividad cognitiva» como si fuese un único indicador conduce a conclusiones engañosas. Una estancia puede facilitar la lectura sin ser igualmente adecuada para una conversación colectiva, al tiempo que una persona puede trabajar más deprisa y cometer más errores.
La psicología cognitiva ayuda a explicar esta diferencia. Cuando escuchamos una conversación ajena mientras redactamos un informe, parte de nuestra atención debe gestionar información irrelevante. Cuando sufrimos malestar térmico, mantener el trabajo puede exigir un esfuerzo adicional. No significa que el edificio piense por nosotros, sino que puede añadir o reducir obstáculos a la actividad mental. Es decir, que puede capturar parte de nuestra atención.
La llamada neuroarquitectura intenta relacionar las características espaciales con las emociones, la conducta y la actividad cerebral. Es un campo prometedor, pero conviene ser preciso y tener claro que detectar una variación en un electroencefalograma no demuestra, por sí solo, una mejora de la memoria ni de la capacidad de decidir. La revisión de Rad y colaboradores (2026) documenta precisamente diferencias entre respuestas fisiológicas y resultados cognitivos observables.
La diversidad humana añade otra dificultad. La misma sala puede resultar adecuada para una persona y agotadora para otra, especialmente cuando difieren sus necesidades sensoriales o la naturaleza de sus tareas. Por eso, el criterio no debería ser imponer un supuesto ambiente óptimo, sino proporcionar condiciones ajustables y opciones espaciales. Un aula para debatir, por ejemplo, no necesita el mismo equilibrio acústico que un puesto de lectura individual.
En lugar de plantear que un «edificio puede aumentar la inteligencia», conviene identificar qué condiciones evitan un esfuerzo ambiental innecesario. Es una propuesta conceptual, no una teoría experimentalmente validada, pero permite conectar arquitectura y ciencias del comportamiento sin atribuir al espacio capacidades milagrosas.
Evidencias útiles lejos de ser universales
En un experimento controlado, Allen y colaboradores (2016) observaron mejores puntuaciones en determinadas pruebas de toma de decisiones bajo condiciones de oficina con menor presencia de compuestos orgánicos volátiles y mayor ventilación. Más adelante, un estudio longitudinal con trabajadores de varios países vinculó mayores niveles de partículas finas y ciertos indicadores de ventilación con peores resultados en tareas breves de atención y cálculo (Cedeño Laurent et al., 2021). El primero aporta evidencia experimental y el segundo, asociaciones observadas en edificios reales.
Aquí aparece una confusión frecuente, la de utilizar el dióxido de carbono como sinónimo de deterioro intelectual. El CO₂ puede servir como indicador de ventilación en espacios ocupados, pero no mide por sí mismo la calidad del pensamiento. Al ventilar menos también pueden acumularse otros contaminantes. De hecho, un experimento con CO₂ añadido, manteniendo controladas otras condiciones, no encontró un deterioro cognitivo claro hasta las concentraciones estudiadas, inferiores o próximas a 2.100 ppm (Chen et al., 2023). Esto no convierte cualquier ambiente mal ventilado en seguro, sino que significa que debemos diferenciar los mecanismos.
La temperatura presenta una complejidad parecida. Un metaanálisis de 35 estudios no logró establecer una relación predictiva fiable entre temperatura y rendimiento de oficina (Porras-Salazar et al., 2021). Otro metaanálisis posterior, con 30 estudios, encontró peores resultados ante temperaturas moderadamente superiores a 25 °C, especialmente en tareas exigentes y exposiciones prolongadas (Lin et al., 2025). Las discrepancias no se resuelven fijando una temperatura universal, también cuentan la actividad, la humedad, el movimiento del aire y las diferencias individuales.
La gestión práctica exige mirar el sistema completo. Una ventilación intensa puede aumentar el ruido de los equipos o introducir contaminación exterior si la filtración es insuficiente. Del mismo modo, reducir indiscriminadamente el caudal para ahorrar energía puede empeorar la calidad ambiental. La buena ingeniería debe integrar ocupación, fuentes contaminantes, filtración, acústica y consumo, y comprobar el resultado mediante mediciones. Un sensor aislado nunca cuenta toda la historia. En la práctica, tiene más sentido evitar contaminación, ventilación insuficiente y calor excesivo que prometer un aumento cuantificable de inteligencia mediante una determinada consigna de climatización.
El entorno compite por nuestra atención
La luz no solo nos permite ver. También aporta información temporal al organismo y participa en la regulación de los ritmos circadianos. Un consenso internacional recomendó considerar la exposición luminosa durante el día y limitarla en horarios nocturnos para proteger el sueño y la vigilia (Brown et al., 2022). No equivale a demostrar que más luz produzca siempre mejores decisiones, pero el deslumbramiento, el horario y las necesidades visuales importan.
El ruido ilustra todavía mejor por qué los indicadores técnicos aislados pueden resultar insuficientes. No es lo mismo un sonido continuo que una conversación inteligible. Un estudio experimental en oficinas abiertas encontró que comprender involuntariamente el habla ajena perjudicaba determinadas tareas de lectura, especialmente al alternar actividades (Zhang et al., 2023). Por tanto, no basta con medir decibelios, también debemos valorar la privacidad acústica y el tipo de trabajo.
Respecto a la naturaleza, un metaanálisis de 2025 que integró 80 estudios encontró beneficios medios pequeños y heterogéneos de la exposición a entornos naturales, con resultados relativamente más consistentes en memoria de trabajo y control atencional (Bell et al., 2025). Es un respaldo interesante para facilitar el contacto con exteriores y las pausas restauradoras, pero no demuestra que colocar plantas decorativas mejore automáticamente la cognición.
Estas evidencias también obligan a distinguir arquitectura de decoración. Tener ventanas no garantiza disponer de luz útil, hace falta controlar la orientación y el deslumbramiento. Instalar materiales absorbentes puede reducir la reverberación, pero no siempre impide comprender conversaciones cercanas. Y una vista verde puede ser agradable sin producir beneficios cuantificables en todas las pruebas cognitivas. La calidad del diseño reside en resolver esas interacciones, no en acumular elementos supuestamente saludables.
La conclusión conjunta es que ningún diseño sirve por igual para todas las actividades. Aprender, colaborar, analizar y descansar requieren equilibrios diferentes entre estimulación, silencio, luz, privacidad y posibilidad de movimiento.
Del edificio automatizado al edificio que facilita pensar
La automatización permite regular ventilación, climatización, luz y protecciones solares según las condiciones reales de uso. La inteligencia artificial puede ayudar a anticipar ocupaciones, detectar anomalías y equilibrar consumo energético y confort, pero disponer de sensores no demuestra que un edificio mejore la atención. Para afirmar esto debemos observar también los resultados humanos.
Deberíamos evaluar un edificio desde cinco dimensiones: (1) salubridad ambiental, (2) confort térmico, visual y acústico, (3) protección de la atención, (4) autonomía para elegir o ajustar el espacio y (5) adaptabilidad de sus sistemas. Estas dimensiones se superponen, pero obligan a formular preguntas relevantes.
¿Puede una persona concentrarse sin interrupciones? ¿Dispone de un lugar apropiado para colaborar? ¿Puede modificar una condición incómoda? ¿Sabemos si la intervención funciona?
La última pregunta es claramente decisiva. En una escuela o una oficina podríamos comparar espacios y periodos de uso mediante mediciones ambientales, encuestas y pruebas breves de atención, memoria o precisión. Un diseño de intervención con condiciones comparables, orden aleatorizado cuando sea viable y seguimiento en el tiempo ayudaría a distinguir causalidad de simple correlación. También deberíamos registrar el consumo energético y proteger estrictamente la privacidad: evaluar un edificio no exige vigilar a las personas.
Tampoco conviene convertir la evaluación en una competición de puntuaciones. Una prueba de memoria realizada durante cinco minutos no representa por sí sola la capacidad de aprender durante un curso ni de tomar decisiones estratégicas. Para conocer la utilidad real de un cambio, habría que verificar si sus efectos se mantienen, si aparecen en distintas personas y si mejoran actividades relevantes sin aumentar los costes ambientales o sociales. Esa es la diferencia entre optimizar un parámetro y demostrar valor humano.
Una revisión de oficinas basadas en actividades recuerda, además, que la flexibilidad arquitectónica no asegura mejores resultados. La privacidad y la disponibilidad de espacios adecuados siguen siendo esenciales (Masoudinejad y Veitch, 2023). El objetivo no es construir un entorno que decida por sus ocupantes, sino uno que les permita trabajar, aprender y pensar en mejores condiciones.
Conclusión
Un edificio puede favorecer o dificultar determinadas funciones cognitivas, pero no existe evidencia de que eleve de forma general y permanente nuestra inteligencia. Hay resultados consistentes sobre interferencias acústicas, condiciones ambientales y algunos beneficios de la exposición natural, pero también quedan contradicciones, efectos pequeños y dificultades para trasladar los experimentos a la vida cotidiana.
El cambio más valioso es dejar de medir los edificios solo por sus metros cuadrados, consumos o sistemas instalados y preguntarnos qué actividades humanas facilitan y qué obstáculos generan. Quizá los edificios del futuro no nos hagan más inteligentes, pero sí podemos diseñarlos para que pensar bien nos cueste menos..
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Referencias
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- Bell, C. N., St George, R., Honan, C., Bell, L. J., Jolly, A. T. W., & Matthews, A. (2025). The relationship between nature exposures and attention restoration, as moderated by exposure duration: A systematic review and meta-analysis. Journal of Environmental Psychology, 104, 102632. https://doi.org/10.1016/j.jenvp.2025.102632
- Brown, T. M., Brainard, G. C., Cajochen, C., Czeisler, C. A., Hanifin, J. P., Lockley, S. W., Lucas, R. J., Münch, M., O’Hagan, J. B., Peirson, S. N., Price, L. L. A., Roenneberg, T., Schlangen, L. J. M., Skene, D. J., Spitschan, M., Vetter, C., Zee, P. C., & Wright, K. P., Jr. (2022). Recommendations for daytime, evening, and nighttime indoor light exposure to best support physiology, sleep, and wakefulness in healthy adults. PLOS Biology, 20(3), e3001571. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.3001571
- Cedeño Laurent, J. G., MacNaughton, P., Jones, E., Young, A. S., Bliss, M., Flanigan, S., Vallarino, J., Chen, L. J., Cao, X., & Allen, J. G. (2021). Associations between acute exposures to PM2.5 and carbon dioxide indoors and cognitive function in office workers: A multicountry longitudinal prospective observational study. Environmental Research Letters, 16(9), 094047. https://doi.org/10.1088/1748-9326/ac1bd8
- Chen, D., Huebner, G., Bagkeris, E., Ucci, M., & Mumovic, D. (2023). Effects of short-term exposure to moderate pure carbon dioxide levels on cognitive performance, health symptoms and perceived indoor environment quality. Building and Environment, 245, 110967. https://doi.org/10.1016/j.buildenv.2023.110967
- Lin, X., Guo, C., Wargocki, P., Tanabe, S., Tham, K. W., & Lan, L. (2025). The effects of temperature on work performance in the typical office environment: A meta-analysis of the current evidence. Building and Environment, 269, 112488. https://doi.org/10.1016/j.buildenv.2024.112488
- Masoudinejad, S., & Veitch, J. A. (2023). The effects of activity-based workplaces on contributors to organizational productivity: A systematic review. Journal of Environmental Psychology, 86, 101920. https://doi.org/10.1016/j.jenvp.2022.101920
- Porras-Salazar, J. A., Schiavon, S., Wargocki, P., Cheung, T., & Tham, K. W. (2021). Meta-analysis of 35 studies examining the effect of indoor temperature on office work performance. Building and Environment, 203, 108037. https://doi.org/10.1016/j.buildenv.2021.108037
- Rad, P. N., Behzadi, F., Kalantarifard, A., Nazemi, N., & Djebbara, Z. (2026). Indoor environmental quality and the brain: A systematic review of physiological and neural evidence. Building and Environment, 294, 114405. https://doi.org/10.1016/j.buildenv.2026.114405
- Wang, C., Zhang, F., Wang, J., Doyle, J. K., Hancock, P. A., Mak, C. M., & Liu, S. (2021). How indoor environmental quality affects occupants’ cognitive functions: A systematic review. Building and Environment, 193, 107647. https://doi.org/10.1016/j.buildenv.2021.107647
- Zhang, Y., Ou, D., Chen, C., Qu, G., Kang, S., & Zhan, M. (2023). Effects of speech intelligibility and work modality on scientific reading productivity in open-plan offices. Building and Environment, 244, 110734. https://doi.org/10.1016/j.buildenv.2023.110734